La psicobiología de la individualidad del ser humano

Al explicar el origen de la vida, al igual que cualquier otro conocimiento científico, nos enfrentamos a las creencias del sentido común, las cuales son aceptadas habitualmente sin una evaluación crítica de los elementos de juicio disponibles, mientras que los elementos de juicio que apoyan las conclusiones de la ciencia se adecuan a patrones tales que una proporción importante de las conclusiones basadas en elementos de juicio estructurados de manera similar sigue estando de acuerdo con datos fácticos adicionales, cuando se obtienen nuevos datos[1]. Aquellos que sus sustentan sus creencias sin pruebas críticas de su vinculación con los hechos, les es muy difícil aceptar que el origen de la vida fue mediado por las mismas leyes físicas y químicas que rigen otros fenómenos naturales, como la formación de los planetas, los movimientos de la corteza terrestre, los movimientos de las mareas o la erosión de las montañas. Sin ninguna fuerza o tendencia intrínseca el ser humano ha ido evolucionando, se ha impuesto por encima de todos los otros seres vivientes, convirtiéndose hoy en el prototipo de la civilización.

En el mundo académico es difícil encontrar a alguien que reclame la intervención directa y detallada de un “ente” en el proceso de la evolución de la vida. Sin embargo, el problema surge en relación a cómo la vida emergente pudo seleccionar, sin guía y de manera concebible sus constituyentes a partir de un número tan inmensamente enorme de posibilidades. Esta interrogante popular se agudiza cuando nos referimos a la individualidad del ser humano, interrogante político-filosófico de la era contemporánea. La evidente línea evolutiva del origen del hombre se estremece al reconocer que lo seres humanos no son los únicos con “consciencia”.

La evidencia actual señala que todos los animales poseen el mínimo, “núcleo”, de lo que hoy llamaríamos un “Yo”. Esta unidad sensorial mínima o un núcleo del Yo, representa el nivel más bajo que puede ser considerado como consciente, es un tipo de inmediatez, limitada a lo que es inmediatamente presente, una consciencia irreflexiva. El Yo mínimo o núcleo, por lo general, es segmentado en el Yo-agente (el Yo que actúa), el Yo-experimentador (el Yo que experimenta) y el Yo-sujeto (el Yo que puede actuar sobre otras entidades en el entorno). En el caso de los animales este núcleo se produce cada vez que el procesamiento de un objeto modifica el proto-Yo. El concepto de proto-YO, acuñado por Antonio Damasio, es la recolección de patrones de actividad neuronal de corto plazo, el cual representa el estado actual del organismo. El proto-Yo recibe señales neurales y hormonales de los cambios viscerales, por ejemplo, cuando un objeto es visualmente sentido y el lente y la pupila del organismo se ajustan con el propósito de observar. Aunque no es considerado un estado consciente, esto constituye el precedente biológico del “YO”.

El Yo, desde el punto de vista biológico, es la respuesta emergente que el cerebro produce a las señales corporales que surgen del sistema sensorial y motor de un agente individual[2]. Estas señales predominantemente motoras sirven para distinguir el sentido de agencia corporal de las señales evocadas por el movimiento de otros animales o agentes corporales. El sistema motor se mantiene constantemente activo a través del desarrollo propioceptivo del sentido corporal. La integración de las señales provenientes del sistema sensorial-motor con las de memoria genera un sentido de Yo-experimentador de un mundo sustituto.  

El Yo y el Otro
El Yo y el Otro

Hasta hace poco se pensaba que el animal poseía una individualidad biológica pero no un verdadero YO, quiero decir que no es consciente de sí mismo. Aunque, los animales tienen un “recuerdo presente”, mantenido por la actividad en tiempo real del núcleo dinámico, no posee el concepto de pasado y presente. Estos conceptos emergieron sólo cuando las capacidades semánticas, la habilidad para expresar sentimientos y referirse a objetos y a eventos por medios simbólicos, aparecieron en el curso de la evolución[3]. Sin embargo, recientemente se demostró que los chimpancés tienen conciencia de sí mismos, al igual que los seres humanos.

Sentido del Yo
Sentido del Yo

Muchos científicos habían señalado ya la capacidad de ciertos animales, en particular los grandes simios, de reconocerse en un espejo. A través de la prueba de pintarles una marca en el cuerpo que no pueden ver sin mirarse en un espejo, los grandes simios intentan borrarla del lugar donde se encuentra en su cuerpo. El test del espejo prueba las capacidades cognitivas de los monos, pero la controversia persistía sobre los mecanismos que les permitían identificarse así mismos, dada la aparente imposibilidad de compararlos con la de los seres humanos.

Conciencia de sí mismos
Consciencia de sí mismos

Investigadores de la Universidad de Tokio, Takaaki Kaneko y Masaki Tomonaga, encontraron que los chimpancés logran diferenciar las acciones originadas por ellos y los acontecimientos idénticos, pero que escapan totalmente a su control. Como prueba, los científicos mostraron que tres hembras chimpancés colocadas delante de dos cursores totalmente idénticos son capaces de identificar en la pantalla de una computadora cuál de los dos controlan con su ratón. La prueba con cursores en la pantalla de una computadora demuestra que los chimpancés analizan los efectos de sus acciones sobre el mundo exterior. En los humanos, la “agentividad”, o capacidad de reconocerse como un agente independiente procede sobre todo de la facultad de relacionar el resultado esperado de una acción con el resultado efectivamente producido. Estos resultados sugieren que los chimpancés y los humanos comparten los mismos procesos cognitivos fundamentales que fundan su conciencia de sí.

Sentido de sí mismo
Sentido de sí mismo

La consciencia es una experiencia subjetiva de las funciones cognitivas. En otras palabras, la conciencias es una experiencias del “sí mismo” en el pensar. Debido a que el “sí mismo” no es una función cognitiva en sí, carece de un sustrato neuronal. Por lo tanto, la consciencia debe considerase como un fenómeno concomitante del pensar, de la cognición. La experiencia consciente emerger de cualquiera de las funciones cognitivas. Es por esta razón que al estudiar su sustrato neuronal encontramos que la arquitectura cortical de la consciencia es la arquitectura de las funciones cognitivas: percepción, memoria, atención, lenguaje e inteligencia[4].

La conciencia de orden superior, conciencia que posee el ser humano, descansó sobre el substrato neuronal que sustenta su capacidad simbólica. La capacidad simbólica inherente sólo pudo entrar en acción y ponerse en práctica hasta que apareció un medio para organizar el pensamiento. El lenguaje, creado por el ser humano, fue el medio del que se sirvió el cerebro para sentar las bases del pensamiento simbólico. El lenguaje implicó formar símbolos intangibles en la mente, y permitió combinar símbolos en formas novedosas. Además, permitió elaborar la pregunta “¿qué pasa sí?”, lo que a su vez permitió relacionar el mundo en una forma diferente y sin precedente[5]. La consciencia de orden superior, involucró las interacciones sociales. Cuando la lingüística en plena capacidad basada en la sintaxis apareció en los precursores de los Homo sapiens, la consciencia de orden superior floreció, parte como el resultado del intercambio en una comunidad de parlantes. Sólo así la conciencia de estar consciente fue posible.

Sin embargo, la consciencia de orden superior, conscientes de que estamos conscientes, además descansa sobre el sistema de emociones primordiales. Estas emociones incluyen: la sed, el hambre, el dolor, la necesidad de aire, la necesidad de minerales, el despertar sexual y el orgasmo, la sensación que acompaña el impedimento de la función visceral (micción, defecar), el deseo de dormir después de periodo de privación de éste, cambios en la temperatura del cuerpo, entre otros[6]. Estos elementos subjetivos, también identificados como instintos generalmente están programados genéticamente y mantienen la constancia físico-química del medio interno del cuerpo, proceso conocido como homeostasis. La constancia físico-química del cuerpo, homeostasis, además, está regulado por un sistema hormonal complejo se mantiene a través que crea sensaciones imperiosas, generando el deseo y la intención de buscar aquello de lo que cuerpo carece, tales como el agua, la sal, los minerales, el aire, el sexo, entre otros.

Eso que llaman Amor
Eso que llaman Amor

Las emociones primordiales han sido identificadas como sensaciones que se entrometen en la conciencia. En algunos casos a estas emociones se las asocia a deseos inconscientes, la parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad, cuyo único propósito es reducir la tensión creada por pulsaciones primitivas relacionadas con el hambre, lo sexual, la agresión y los impulsos irracionales. Sin menos cavar el efecto psicológico que el mal manejo de estas emociones pueda traer al ser humano, es necesario señalar que, éstas han emergido hacia la conciencia durante un largo proceso evolutivo porque son aptas para la sobrevivencia del organismo. En este sentido, las interacciones con el medio ambiente son un aspecto esencial de la experiencia consciente. Para poder sobrevivir en un ambiente natural complejo, el animal deberá aprender y retener en la memoria que estímulo predice (o que previamente haya sido asociado con) una recompensa, tal como comida, y cuál ha sido identificada como un castigo, tal como la que un depredador puede traer[7]. No podemos negar que los humanos somos herederos evolutivos del reino animal.

Lo que vemos hacemos
Lo que vemos hacemos

[1] Nagel E., (1981), La estructura de la ciencia.- Problemas de la lógica de la investigación científica. Paidós (Paidós Studio / Básica), Barcelona, pp. 15-26.

[2] Edelman GM. Y Tononi G., A Univers of Conscousness, Ed Basic Books, 2000, NY,, USA

[3] Ibid. Edelman

[4] Fuster, Joaquín M., Cortex and Mind, (2003) Oxford University Press, USA

[5] Tattersall I., (2004), What Happened in the Origin of Human Consciousness? The Anatomical Record (Part B: New Anat.) 276B:19–26,

[6] Denton, D. A. (2006). The primordial emotions: The dawning of consciousness. Oxford University Press.

[7] Hammer M. The neural basis of associative reward learning in honeybees. Trends Neurosci 1997;20:245–52.

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