La libertad como consecuencia de la consciencia, de la deliberación y de la acción voluntaria

Desde el punto de vista de la naturaleza del cerebro, entiéndase lo biológico, el debate entre el determinismo y el libre albedrío sólo puede ser resulto dentro del terreno probabilístico. Por un lado, las acciones voluntarias son el resultado de la valoración de múltiples señales entrantes y de la probabilidad de que éstas lleguen al lóbulo frontal procedentes de diferentes fuentes de la corteza cerebral. Por otro lado, la acción voluntaria es el resultado de la valoración y la selección de diferente tipo de información cognitiva codificada en la corteza. El sistema neuronal selecciona, pues, las diferentes alternativas que se le ofrecen vinculando las funciones ejecutivas frontales y los impulsos neuronales llegados al lóbulo frontal. Por lo que las funciones ejecutivas dirigidas por y en el lóbulo frontal son las que al final de cuentan controlan las acciones voluntarias, esto en un estado sin lesiones cerebrales o afecciones patológicas.

Las ciencias neurológicas mantienen un enfoque global donde se entiende que toda conducta es el resultado de la función cerebral. Lo que conocemos comúnmente como mente es un conjunto de operaciones que el cerebro lleva a cabo. Las acciones del cerebro no sólo son el sustrato de conductas motoras relativamente simples como caminar o comer, sino también de todas las acciones cognitivas que consideramos la quintaesencia de lo humano, como pensar, hablar o crear obras de arte[1]. Además, el cerebro no es una estructura inmutable, éste que responde a la experiencia vital del individuo permitiendo la adaptación, elemento fundamental para la sobrevivencia.

Al analizar la “libertad” debemos tener claro que este concepto, el cual califica un comportamiento, es relativamente reciente. La noción de la libertad  de decisión, en el mundo griego obedece aproximadamente a los 100 años a.C. El concepto de libertad no tuvo cabida dentro de la filosofía aristotélica de la “acción responsable”, ya se tratare de la elección deliberada o del acto realizado de grado. En ese periodo, el término griego eleuthería designaba no a la libertad psicológica, sino a la condición jurídica del hombre libre en oposición a la del esclavo; el concepto de “libre arbitrio” no aparece en la lengua griega sino mucho más tarde. El término libre arbitrio toma el concepto eleuthería y lo transforma en libertad psicológica, el valor técnico de este concepto se perfecciona en el primer siglo después de Cristo[2]. Los latinos traducirán este término como liberum arbitrium.  Por lo que, la palabra albedrío proviene del latín, de la deformación vulgar del vocablo latino arbitrium, en que se produce una disimilación de la r y en i, y una sonorización habitual de la t situada entre vocal y la erre. El vocablo arbitrium genera un doblete: albedrío y arbitrio. Arbitrium en latín significa la capacidad de juicio, discernimiento y opinión de cada uno, y la libertad de opinar o actuar según su juicio y gusto. Se trata de un derivado con sufijo de efecto o resultado –ium, a partir de la palabra arbiter (árbitro, juez). Por eso también arbitrium significa juicio, arbitraje, sentencia judicial de un juez[3]. La necesidad de explicar el comportamiento humano con responsabilidad jurídica dio pie a que el concepto que señala la condición jurídica del hombre libre también fuera utilizado para describir las determinaciones individuales entendidas como libertad, lo que las igualó ante la ley.

Toda acción libre debe incluir un acto deliberativo, una acción voluntaria y por consiguiente consciente. Desde una perspectiva neurobiológica tenemos que tomar en cuenta que: primero, los humanos no son los únicos organismos capaces de tomar decisiones; segundo, que no todas las decisiones son racionales (meditadas, reflexionadas, argumentadas, entre otros sinónimos); tercero, que algunas decisiones se toman no conscientemente; y por último, que muchas decisiones, verdaderamente la mayoría, son en parte el producto de experiencias previas de las cuales no estamos conscientes (memoria implícita). Por lo tanto la decisión de actuar, esto es, la elección de una acción (incluyendo la de no actuar), está inextricablemente y por definición vinculada a la función ejecutiva del organismo dirigida por y en el lóbulo frontal del cerebro[4].

El proceso de iniciar una acción voluntaria ocurre en el inconsciente, se es consciente después de haber tomado la decisión, pero justamente antes de iniciarse la acción, por lo que se requiere la consciencia para aprobar o vetar la acción. La actividad neuronal que se lleva a cabo previo al estado consciente procede de la información que se retiene en la memoria en convergencia con las percepciones nuevas, estado emocional y de los valores innatos del individuo. Según el investigador Zoltan Toery[5], el acto de aprobar o vetar la acción no es libre albedrío en todo el sentido de la palabra, pero es una forma ingeniosa de alcanzar una autonomía funcional, lo más cercano a ello en un mundo determinista. Según el autor, el estado consciente (la única condición en la cual podemos pensar o reflexionar) se inicia en un punto definido a lo largo de una secuencia de eventos neurofuncionales, cuyos componentes tempranos (aquellos ocurridos antes del inicio del estado consiente) siempre son inaccesibles y por consiguiente desconocidos.

Durante la actividad inconsciente la información sensorial y la motora es reducida a un formato común, codificado por circuitos parietales-frontales específicos, lo que indica que la percepción y el reconocimiento de los actos ajenos, la imitación y las mismas formas de comunicación gestuales o vocales pueden remitir al sistema motor y encontrar en él su propio sustrato neuronal primario. En otras palabras, la relación sensorial-motora del cerebro aporta el sustrato neuronal para formación de los conceptos lingüísticos, los que a su vez permitirán un análisis racional de un evento. Los conceptos lingüísticos se forman a partir de la asociación de códigos provenientes de estas áreas. La representación sensorial-motora idealizada de una entidad se desarrolla a través de la generalización de ejemplos únicos y por medio de la reactivación o simulación de estas representaciones sensoriales-motoras en forma de conceptos recordados[6].

El problema de conceptos como el de libertad, el de voluntad, el de inconsciencia o  el de conciencia, es el mismo que el del Yo transcendental de Kant, estos conceptos han sido cosificados, y al ser materializados se convierten en entes por sí mismos, toman forma como si existieran independientemente del sustrato neuronal que los produce. Otro problema al que nos enfrentamos es que ninguna de las acciones antes mencionadas cuenta con un sustrato neuronal único, más bien son comportamientos que emanan de la integración de varias  regiones cerebrales. Por ejemplo, la consciencia emerge de diversas funciones cognitivas: el adquirir, codificar, almacenar, recordar y manipular la información sobre la naturaleza de su entorno es un estado unificado que integra múltiples componentes o micro-consciencia (de color, forma, sonido, movimiento, olor, etc.). Esta unificación le permite al individuo  visualizar eso que llama consciencia de “algo”. Normalmente, la experiencia consciente resulta de la operación y la interacción de varias de estas funciones cognitivas. Ésta se nos presenta siempre como un todo integrado, de tal modo que, somos conscientes o no lo somos, pero nunca, salvo en casos excepcionales, tenemos la impresión de tener más de una consciencia al mismo tiempo.

La consciencia, pues, es un estado de la mente que emerge mediante los mecanismos de resonancia, sincronización e integración funcional de la actividad neuronal de diferentes regiones corticales y subcorticales. Es importante tener en cuenta que la consciencia no es información directa adquirida mediante la percepción y el procesamiento de información. Este procesamiento tiene lugar en el cerebro y ocurre de forma totalmente inconsciente. Lo que la consciencia aporta, a su modo, es el resultado, el producto final de ese procesamiento[7]. Por consiguiente, el inconsciente es un procesador de información el cual entrega su producto a las áreas correspondientes del cerebro para hacer consiente su resultado. La información procesada proviene de la percepción, los conocimientos adquiridos, los valores innatos y de las respuestas parciales subjetivas que permiten valorar la información.

La capacidad de decidir, de deliberar sobre las diferentes opciones es una innata procedente de las estructuras neuronales heredadas durante el proceso evolutivo. La influencia que pueda tener la identidad-personalidad del individuo sobre estas decisiones es parte del andamiaje de la deliberación, he ahí el valor del aprendizaje en la toma de decisiones. Sin embargo, independientemente de la historia y el medio ambiente que rodea al individuo, el ser humano cuenta con una estructura cerebral que le capacita para deliberar y tomar decisiones voluntarias de forma consciente. Ante esta realidad, la filosofía del ser no debe dejarse apabullar por el pensamiento técnico-matemático de la modernidad, pero, está obligada a reconocer la evidencia biológica que muestra al ser humano como naturaleza y a su vez como producto de la de la evolución. Las acciones ejecutivas llevadas a cabo en el ejercicio consciente de la deliberación seguidas de la valoración sensorial-motor es lo que, desde el punto de vista neurobiológico, podemos llamar capacidad de libre selección.

Augustin-Alexandre Dumont,
Augustin-Alexandre Dumont,

[1] Kandel ER., Schwartz JH., Jessel TM., Principios de Neurociencia (2000) cuarta ed, Mc Graw Hill-Interamericana, España, pp 5

[2] Vernant JP., Vidal-Naquet P., (2002) Mito y Tragedia en la Grecia Antigua, ed. Paidós, Barcelona, Vol I pp. 55, pie de página, referencia 20

[4] Joaquín M. Fuster, Cortex and Mind, (2003) Oxford University Press, USA

[5] Zoltan Torey, The crucible of consciousness, 2009, First MIT Press Edition, Cambridge, MA, USA, p 147-154

[6] Damasio AR. (1989) Time-locked multiregional retroactivation: a systems-level proposal for the neural

substrates of recall and recognition. Cognition. 33:25–62. [PubMed: 2691184]

[7] Rev Neurol 2009; 49 (5). 251-256

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